Del Movimiento de la fijeza. Movimientos de la luna, ¿cine dibujado o dibujo cinematográfico ? El momento de esta obra es uno de esos pasos cruciales en el cual se dan las circunstancias que favorecen un cambio. Por un lado, la influencia del informalismo abstracto que había estado presente durante los cinco años de mi paso por la Escuela de Bellas Artes, tocó a su fin. A la vez se aproximaba una época difícil, el servicio militar, al término del cual se celebraría una exposición de becarios del programa de Ayudas a Artistas Plásticos 1981 en el antiguo MEAC, en la cual debía participar con una obra nueva. Mi objetivo era realizar un trabajo digno de esa exposición, pero ni quise recular hacia lo informalista pues mi decisión de dejar ese camino era firme y por lo tanto no procedía exponer un cuadro de los ya hechos, ni lo militar me permitiría una dedicación a la pintura y menos en gran formato, así es que me encontré en una encrucijada. Para solucionar la situación ideé el proyecto Movimientos de la luna. En una bobina de papel de 9 x 5000 cm, enrollada a un eje cilíndrico de madera, comencé a dibujar a punta de rotring, de izquierda a derecha, con un grafismo repetitivo, una trama con la que iba revelando cierto automatismo síquico, motor fundamental de la obra

el movimiento de la luna.
Avance automático Movimientos de la luna.
Rotring sobre bobina de papel de calculadora.
9 X 6500 cm. aproximadamente. Valencia 1981.

Recuerdo cierta conferencia sobre el artista Josef Albers que se dio en el Museo del Prado en1982. Versaba sobre su teoría por la cual el artista, consciente o inconscientemente, siempre colocaba en el centro el punto de máxima atención.
Yo le formulé al conferenciante la siguiente pregunta:
¿Dónde estaría el centro en una obra enrollable como son los papiros, La Ninfa del río Luo de GuKaizhi, por ejemplo?
Me contestó con dos respuestas.
En la primera dijo que el centro se hallaba en el de cada una de las tareas donde el artista iba avanzando al crear su obra, pero inmediatamente agregó que el centro, también podría considerarse en el eje donde se iba enrollando esta a medida que se avanzaba.
― Interesante ―, dijo.
― Luego el centro es el principio del dibujo ― contesté yo. A lo que él asintió e inmediatamente le volví a cuestionar:
― Entonces, en un hipotético cuadro pintado en la pared interior de un cilindro, ¿dónde está el centro? ―
Aquí sonrió y me dio una respuesta genial.
― El centro es uno mismo cuando contempla la obra ―.
Tres décadas después presencié esta idea en un obra de Cai Guo Quiang, en su exposición en el Guggenheim de Bilbao.
He recordado esta conferencia que ilustra sobre lo ambiguo que puede llegar a ser un concepto tan elemental como es el centro en un cuadro, para señalar la enorme ambigüedad del atributo más propio de la pintura, la fijeza, cuyo secreto es el movimiento.
El movimiento de un cuadro se manifiesta por la comunicación que vincula a la obra y al espectador mediante la capacidad que se le supone al artista para transmitirnos su experiencia cuando la mueve; cuando va cambiando físicamente al pintarlo y todo ese movimiento queda sepultado en las
diferentes capas donde late a la llamada de nuestras emociones.
Luego las tres respuestas valían.

el movimiento de la luna.

Efectivamente, hay un movimiento en el paréntesis acotado entre comienzo y final de cada tarea, por donde se cuelan aconteceres que son la vida circunstancial de la obra.
Aconteceres que el artista desconoce y no puede prever y sin embargo mueven, remueven, conmueven, están visibles a poco que el espectador quiera ver algo que precisa de una actitud más comprometida que el simple acto de mirar; lo que se requiere es contemplar.
Porque ver arte implica consciencia, tener voluntad de ver; es acción, porque encontrar lo que se ve presupone búsqueda.
Así pues la fijeza de la pintura se desvanece ante la mirada atenta y activa del espectador, desencadenante definitivo del movimiento.
Movimientos de la Luna es un dibujo que puede parecer un cómic; más por símil gráfico que por su lectura estructural, ya que no tiene formato de tebeo, no es una narración literaria en imágenes, ni tiene nada que ver con un storyboard que sirva de base o guión para trabajar un vídeo.
De tramo en tramo aparecía la luna, siempre llena, iluminando la noche de un paisaje, primero árido, luego urbano, después el de un tren del metro que penetra en un túnel, y así, avanzó a lo largo del año la trama gráfica, por el blanco espacio de la cinta virgen aún.
En otro eje idéntico, iba enrollando el dibujo expresado, de tal forma, que aquel trabajo ocupaba sólo unos pocos centímetros, pero a sabiendas de que una vez acabado, se desenrollaría, alcanzando el gran formato.
A veces asustaba comprender el significado de algunas imágenes o rumbos del grafismo, que parecen anticipase a los acontecimientos.
Esto se aprecia porque la pieza no es una línea recta.
Podría decirse que el tempo de esta obra, tiene más parentesco con el de un diario o crónica existencial dibujada, que de captación documental de sucesos narrables, aunque de ambos asuntos trata el dibujo.
Solía fechar el dibujo en la parte trasera, lo que me permitió recordar después la relevancia de algunos acontecimientos a los que el dibujo como ya he dicho, se anticipa.
Ese es el caso del Golpe de Estado del 23F de 1981. El dibujo expresa la convulsión antes de que se produzca, como si un artista completamente volcado en la creación de su obra pudiera percibir aún sin saberlo, señales previas a un suceso.
Como si el verso de Montale – ¿Está pues vivo el espacio de que vive lo moviente? – fuera más una afirmación que una pregunta.
La fijeza es como un árbol, como una selva que desde donde está plantada expande el movimiento hasta el receptor y este, lo emite a la vez que lo recibe.
Esta relación triangular entre artista, obra y receptor es completamente activa y en ella se da movimiento, como si se tratase de un correaje de transmisión; así es el movimiento de la fijeza.

el movimiento de la luna
Instalación del dibujo Avance Automático Movimientos de la Luna en la exposición Orígenes
en el Palácio San Jorge, Cáceres 1999.